El señor sapiencia

El señor sapiencia: Martiniano Alcocer -Alvarez

Sucede que cuando eres novato y tienes una nota no sabes por dónde comenzar. Te sirves un café, te sientas, revisas tus apuntes. Lees y relees. Buscas en tus archivos. Comienzas a redactar. Miras a tu jefe y preguntas ¿Está bien esta entrada? Él se para, se acerca, lee y dice, con cierto dejo de severidad: “No. ¿Qué más dijo?” Le explicas y responde, sin analizar demasiado: “mejor inicia por aquí”. Así es, en el mejor de los casos y, en otros, te quedas a esperar largas horas para que te corrijan el texto o te vas a casa y mañana lees otra nota.

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Primero contestaré la pregunta que muchos me han formulado. No, Martiniano no alcanzó a vacunarse contra el covid-19. Estuvo batallando con su síndrome nefrítico, y cuando comenzó la vacunación el estaba ingresado en un hospital privado; luego fue a consulta en el Seguro Social donde se contagió del coronavirus y al bajar su nivel de oxigenación fue ingresado y finalmente murió.

Tenía, como dirían algunos, un carácter muy especial. Era un señor muy propio, franco, directo, a veces parecía molesto y, en no pocas ocasiones, tuvo diferencias de opinión con sus subalternos y con funcionarios e incluso con sus amigos. Algo es innegable, era el señor sapiencia, sabía manejar el idioma y se decepcionaba con suma facilidad de las personas que escribían mal. Era maestro en la corrección.

En el Diario de Yucatán, por ejemplo, él (como otros) rehacía las notas bajo la línea del periódico. Total, no le daban crédito al autor de la nota periodística. El periódico era dueño de almas y vidas. Como empleado en general o como periodista, de manera particular, no podías fraternizar con la “competencia” ni aceptar un refresco o bocadillos. Era cese fulminante.

Cuando inicié como reportero en el Diario del Sureste me enviaron a cubrir aeropuerto. Ahí comenzábamos los novatos, o en policía. En el campo aéreo conocí al periodista Manuel García Figueroa, quien sí tenía coche. El camión tardaba mucho en llegar y a veces no entraba, de tal manera que había que salir hasta la avenida Itzáes por el urbano y él me vio muchas veces hacerlo. Un día Manolo se apiadó, se detuvo y dijo: “sube”. En el trayecto me contó todas las restricciones, entre ellas no llevarse con otros periodistas. Me bajó en San Juan y tuve que caminar para llegar al periódico.

--“Me cambiaron mi nota”, se justificaban los reporteros con los entrevistados. Martiniano Alcocer Álvarez laboró en esos tiempos en el que Diario de Yucatán, un periódico de línea conservadora, era referencia obligada. “Si lo publicó el Diario así es” o si tenías duda de cómo se escribe una palabra “revisa el Diario”. No era raro entonces que en la redacción se rehicieran las notas, bajo la línea editorial del medio. Parecía que el periódico estaba escrito por una sola persona.

Muchos funcionarios se quejaban de manipulación. “Es que yo no declaré eso”, me dijo un día el presidente estatal del PAN, Benito Rosell Isaac. Al primer gobernador panista, Patricio Patrón Laviada, le cortaron la copa de vino que traía en la mano un día de brindis en Palacio de Gobierno. Sólo por citar ejemplos de lo que sucedía en esa época en la redacción.

--“¿Y qué sentías a todo eso?, le pregunté un día cuando laborábamos en el Canal 13. “La papa hermanito, la papa”, se limitó a responderme y sonrió de manera bonachona, mientras sus ojos me hacían un guiño detrás de esos lentes redondos y su inseparable boina. Era buen camarada que algunas veces iba a “robar” café en la Dirección de Noticias y siempre preguntando “¿Qué libro estás leyendo?” o aconsejar sobre alguna información. Nunca abandonó ese espíritu reporteril.

Y es que el exseminarista inició desde abajo como reportero, ascendió a jefe de información, a redactor y a responsable de la página editorial. Tenía una muy buena carta credencial: estudió filosofía en el Colegio de San Ildefonso. Al paso de la experiencia y sus conocimientos se hizo uno de los grandes comandantes de don Carlos Menéndez Navarrete. Revisaba incluso la Primera Columna, que escribía el director general.

Como responsable de la página editorial era el encargado de cambiar una coma, la tilde o el punto; y, si era necesario, el párrafo completo. Por sus conocimientos en gramática y literatura, coordinó el suplemento cultural. Era del grupo selecto del director general. 

A la muerte de Carlos Menéndez Navarrete, el periódico pasó bajo la dirección de su hijo Carlos Menéndez Losa, quien reformó la empresa. A Martiniano, sin valorar su extraordinaria experiencia de 38 años lo convirtieron en redactor de redes sociales con la sola consigna de copiar y pegar, por lo que, desalentado y decepcionado, decidió renunciar.

Según Martiniano el plan de jubilación no fue respetado y simplemente le expidieron un cheque con su liquidación. Tampoco hubo una explicación sobre un fideicomiso con las aportaciones patronales y de los empleados. Su economía y su vida cambiaron.

Pero a Martiniano le encantaba hablar sobre gramática y sobre la cultura de Yucatán. Y hablando de cultura, presumía y hasta parecía pavorreal cuando hablaba de su hija Emma, la cantante. Era su gran promotor. También era feliz haciendo guiones y contenidos para su programa cultural en el canal 13, donde estuvo ocho años. También llegaron tiempos agrios.

--“Estoy muy enojado. Cómo ves, ahora tenemos que pagar al Canal por transmitir nuestro programa cultural ¿y no que el canal es cultural?”, me dijo cuando se reestructuró el esquema de producción y difusión de los contenidos en la televisora estatal. Varios programas terminaron. Después también concluyó el matutino “Día a Día”, donde coordinaba las noticias. Martiniano tuvo que tocar otras puertas para buscar un empleo que generara ingresos.

Después llegó la pandemia. Hubo días críticos. Pese a su edad, 74 años, y aquejado por el síndrome nefrítico Martiniano salía para ir al trabajo. Hubo despidos, muchos reporteros se quedaron sin empleo. A otros les rebajaron los salarios. 

Martiniano tuvo que deshacerse de valiosos ejemplares de su querida biblioteca.

Su economía era muy precaria.

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En esos primeros días en la redacción sientes nervios hasta para responder los cuestionamientos del jefe. Después te acostumbras a la severidad, aprendes. Por eso cuando mueren mentores, maestros y periodistas como Martiniano, con un vasto conocimiento en el arte de la redacción, sean del periódico que sea, sentimos que algo nos falta, que hay un enorme vacío inexplicable. Que puedes voltear y preguntar “¿Así está bien la entrada?” y por respuesta obtendrás el silencio.

Hoy terminó una época, una historia que comenzó un miércoles 8 de marzo de 1972 a las 2 de la tarde, cuando un joven entró a una redacción.

Servido Martiniano, espero que no parezca un elogio.

Descansa en paz.

Mérida, Yucatán, 22 de mayo de 2021

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49 años después

Esta historia comienza el miércoles 8 de marzo de 1972 a las 2 de la tarde (14 horas, dicen ahora los periodistas que no saben que hay a.m. y p.m.). Hoy, 49 años después, lo recuerdo como si hubiera sido ayer: comenzaba mi carrera en los medios de comunicación que hasta ahora sigue. Durante ese tiempo, como se han de imaginar quienes me lean, han pasado muchas cosas en mi vida profesional y en la historia de la ciudad, el estado, el país y el mundo y de ellas he sido afortunado testigo y de algunas protagonista.

Antes de seguir en estos deshilvanados recuerdos –“antes de que se me olvide”, diría un escritor yucateco hoy en injusto olvido: don José Esquivel Pren-, tengo que agradecer a quien desde hace por lo menos 55 años ha sido más que amigo, un hermano generoso (cuyo perfil publicó hace unas semanas Gastón Lámbarry), Manuel Triay Peniche, quien me abrió las puertas del Diario de Yucatán, y el subdirector de ese medio (del que hoy, con tristeza, no puedo decir nada bueno, por eso mejor nomás doy gracias).

Soy de los pocos afortunados que han transitado de la edad de plomo (los linotipos) a la modernidad (no siempre afortunada) de las redes sociales y la cibernética, de la exigencia de una pulcritud rayana en el fanatismo en el uso de las palabras (comencé como corrector de pruebas en “la biblia”, imagínense) al descuido pecaminoso de las normas básicas del buen decir y mejor escribir  (hoy sólo lo voy a lamentar sin detenerme mucho).

En ese largo lapso de casi cinco décadas (espero llegar a completarlas el próximo año), algunas cosas importantes he hecho: tras unos breves años como reportero de a pie (la mejor etapa de si carrera), me hicieron contra mi voluntad y casi por descarte (alguien de cuyo nombre sí quiero acordarme pero no voy a poner aquí no quiso dejar el mejor oficio del mundo para estar detrás de un escritorio) jefe de información; luego ocupé (en turnos de dos semanas con don Délmer  Peraza Pacheco, inolvidable compañero y amigo), la jefatura de cierre de edición (jornadas de 6 de la tarde a 3 o 4 de la mañana). También tuve a mi cargo el suplemento dominical (triste víctima del mercantilismo rampante) y las páginas de opinión nacionales y locales. Decidí renunciar cuando el hoy sepulturero de una tradición periodística que no supo aquilatar me confinó a redactor de redes sociales con la sola consigna de copiar y pegar. 

En esos años finales, una buena relación (no puedo decir amistad, pero sí al menos una cordial comunicación que se materializaba en largas pláticas) con el director se rompió a causa de una funcionaria panista que confundió el trato preferente que recibía de aquél con la potestad de dar órdenes en el periódico. Luego de 38 años y con la confianza en que se respetaría un plan de jubilación que se había ido construyendo con los años y aportaciones patronales y de los empleados, terminó mi relación con ese medio. El sepulturero, siguiendo su costumbre, decidió un día liquidarlo y solucionó el tema de una vida dedicada a su empresa con un cheque que nunca supe si era lo que en justicia me correspondía porque nunca conocí ningún documento sobre las finanzas  del fideicomiso (tampoco tuvo las gentileza de darme la cara y si no agradecerme al menos decirme adiós, sino que mandó a uno de sus canchanchanes). Hoy, gracias al sepulturero, mi economía está en situación bastante precaria, aunque, gracias a Dios, puedo trabajar.

También gracias a la generosa aceptación de los dueños y directivos de Grupo Sipse me ocupo desde hace nueve años de la coordinación de El poder de la pluma, espacio de libertad donde expresan sus opiniones medio centenar de colaboradores de primera línea en todos los ámbitos de la cultura y la ciencia, rara avis en el periodismo nacional. Mi gratitud a ellos, en especial al Lic. Gerardo García.

He trabajado en la radio y la televisión (hoy tengo un espacio los viernes en el noticiario televisivo Más temprano de Sipse televisión bajo el título Plato de lengua con temas del lenguaje -gracias Elena- y durante 8 años, en la televisión del Estado, hoy llamada Tele Yucatán,  tuve a mi cargo la investigación, el guión y las entrevistas del programa Acérquese y participé en la conducción de Huellas del sacbé con mis entrañables amigos Luis Pérez Sabido y Miguel Güémez Pineda (de otro también pero no quiero acordarme de los coconductores). 

Algunos logros importantes como periodista he tenido (por ejemplo haber desvelado un “secreto de estado” referido al enorme diferencial entre el costo de producción y el precio de venta del sosquil y que era de 10 a 1; haber descubierto, con el fotógrafo Pepe Ávila, en el anfiteatro del hospital O’Horán, los cadáveres de los tres reos que se amotinaron en la penitenciaría y que fueron ejecutados por Nazar Haro, o haber entrevistado, junto con Hansel Vargas, a los soviéticos que expulsó de Grenada el presidente Ronald Reagan y que esperamos más de 24 horas en el aeropuerto meridano, a donde llegaron en una escala del avión Tupolev que los llevaba de vuelta a la URSS.

Hay más, pero no quiero cansarles. Por hoy aquí dejo esta relación apretada de 49 años en los medios de comunicación. Un modesto perfil que quizá no de para un perfil de los que hace el perfilador en sus redes. Pero, a mucho orgullo, logrado con trabajo.

* * *

Ah, se me olvidaba: también fui orador oficial en la sesión de Cabildo del 15 de septiembre de 2007 (designado, a mucha honra, por unanimidad) y aún me debe el diploma quien era el alcalde entonces: César Bojórquez Zapata.

***

Con infinito agradecimiento a los muchos amigos y las muchas amigas que se tomaron el trabajo de leer lo que escribí con motivo de mis 49 años en el periodismo (a quienes me será imposible darles las gracias uno por uno por su abrumador número y mi deseo de no dejar a nadie fuera), les dejo aquí el relato de un episodio en esta actividad maravillosa: 

¿Mascas zacate?

Una de las anécdotas que más me divierte contar ocurrió un mediodía al llegar al periódico. Nomás entrar, cuando apenas había caminado unos metros en la redacción, el subdirector (en los hechos, director) –sentado detrás de su imponente escritorio de madera tallada con motivos neomayas- me habló a su oficina. Novato como era en las lides periodísticas –apenas había ascendido al sancta sanctorum tras mi gestación de nueve meses bajo la guía del maestro Rudy Bojórquez (tendré que hablar de este lapso y de los grandes amigos que hice) en la corrección de pruebas- sentí que las piernas se me hacían de chicle, pero de inmediato, antes siquiera de dejar mis cigarros y mi bulto (les llamaban “vaspapú” y estuvieron muy de moda entonces) en el escritorio, acudí al llamado.

-¿Mascas zacate? –me espetó el patrón.

-Pues si no queda más remedio, sí –le respondí.

-Lo que pasa es que N (aquí me voy a permitir usar esta N que esconde identidades en los asuntos policiacos y judiciales para no herir susceptibilidades) se ofendió cuando le pedí que pasara a ayudar a Gaspar N en Valijas (el departamento de corresponsales, así llamado porque las notas de fuera de Mérida llegaban mayormente por correo). Después me informaron que aquél dijo que qué me imaginaba, que él no “masca zacate” (la verdad –acoto yo- es que las notas que llegaban a ese departamento estaban para llorar en su mayoría, algunas sobre todo, de don N, de Oxkutzcab, escritas en papel de estraza y con una máquina de escribir que tenía los tipos todos chuecos).

Yo apenas empezaba a hacer notitas con títulos de ocho puntos y las secciones de República al día y Mundo al día bajo la dirección de Fernando Capetillo, el inolvidable Chino de quien espero poder contar algunas anécdotas, pero respondí de inmediato que sí.

(El que no quiso “mascar zacate” no hizo huesos viejos en la redacción, aunque sí se quedó –gracias a su cultura y buena pluma- para cubrir como externo actividades artísticas, muy pocas cuando eso).

Fueron unos dos o tres años, pero muy enriquecedores. Conocí a grandes personas que luego se hicieron amigos. Poco tiempo después, N se fue a la jefatura de la oficina en Campeche y me quedé al frente de la sección de corresponsales. Obvio con mejor sueldo y prestaciones.

Benito Fernández, dinámico (hiperactivo) corresponsal en Progreso, cada año hacia una fiesta de rompe y rasga con motivo de su cumpleaños, pero yo nunca había ido. Hasta que una vez, el subdirector me llamó a su oficina y me dijo: “Ya se quejó Benito de que nunca aceptas ir  a sus cumpleaños. Es una orden, mañana vas a su festejo (a Benito, por cierto, la tenía el jefe gran aprecio por su lealtad y entrega al periódico)”.

Al día siguiente, en el Valiant amarillo de Fernando, fuimos al festejo. Comimos y bebimos opíparamente (el plato fuerte: un mero gigantesco relleno de mariscos, obra de arte de un cocinero progreseño a quien apodaban “La Pelufo”. ¡Manjar de reyes!). Desde luego todo rociado generosamente con cervezas y licores. Ya con medio estoque, pero preocupado por llegar al trabajo, le insistí al Chino (de las mejores personas que he conocido) que regresáramos a Mérida y después de muchos ruegos y contra su voluntad y la de Benito, me dijo: “Vamos”.

Al llegar al auto –Dios bendito-, vemos que tenía un neumático ponchado.

-Mientras lo cambio –me ordenó el Chino- anda por las del estribo.

Y allá voy por los whiskies. 

Pero no fueron dos, sino cuatro (a dos por cabeza) porque el sol estaba que rajaba piedra y las tuercas se negaban a salir.

Encomendado a todos los santos, abordé el auto y en media hora ya estábamos en Mérida –la carretera entonces no era ni sombra de lo que hoy es, pero al Chino le pesaba la chancleta- y diez minutos más tarde subía a la redacción.

Cuando me vio el jefe, me llamó con el dedo índice a su oficina. Entonces pensé: hasta aquí llegó mi carrera periodística.

-¿Qué te pasó? –preguntó con mal disimulada sonrisa.

-Usted me ordenó que fuera y ya sabe cómo es don Benito –atiné a responderle.

-Anda a tu lugar –me ordenó.

Seguramente como sabía bien “cómo es don Benito”, ya había tomado providencias y un redactor se hacía cargo del trabajo.

Poco después me ordenó: “Vete a tu casa a descansar”.

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